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Compadece al sufrido, consuela al afligido

Antonio Fernández.- ¿Qué encontramos en las palabras de la profecía davídica? No es otra cosa, sino la necesidad de aceptar con fe, la ternura que Dios, que Nuestro Señor entrega: aceptar que su deseo es vernos en esta vida motivados en su gozo, en su alegría, en el júbilo de la virtud de la oración, de la piedad, de aprovechar los bienes que vienen de su largueza divina.

Así se evitarán las preocupaciones, que por lo general tiene un punto de origen en el pecado cometido, sostenido y mantenido.

Cada quien se conoce y sabe que de un acto malo se derivan dolores, penas, pesares, amarguras, tristezas, disgustos e intranquilidades como sobresaltos.

Cuando las aguas tranquilas del alma están en ella, la providencia de Dios obra y se recibe cuanto se necesita espiritual y temporalmente, nos defiende de sus enemigos, y por encima de ello entrega el mayor de los bienes de este mundo: la paz.

Dijo Jesús; “Os dejo la paz, os doy la paz mía, no os doy Yo como la da el mundo, no se turbe vuestro corazón, ni se amedrente”. Entendamos, lo que en este mundo es difícil obrar, pero el que ama a Dios y al prójimo y vive según el Evangelio, la paz de su alma se refleja en sus actos, pero el que no ama o dice amar sin amar en la realidad, utiliza sus falsas palabras amorosas como una pose ante los demás que no conocen su intención, la que Dios ve en todo su detalle. Ese no puede, ni podrá cumplir el mandamiento de Cristo Nuestro Señor. Pobre infeliz, no conoce a Dios.

Continuando, nos refiere el gozo, dijo Jesús: “Os he dicho estas cosas, para que mi propio gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido”. Cuando tu esposa siendo novios, cuando tus padres, tus hermanos, tus abuelos o tíos, te dijeron en una ocasión movidos de ternura por tu edad, tus logros, tus actos y demás situaciones que originaron una expresión de cariño, te dijeron: Te quiero.

Sin duda que se agitó tu corazón, y más si te dieron un beso que te hizo sentir que su palabra es real. Te gozaste y animaste en extremo, pues bien, cuando el ser humano sabe que es amado, esa es su reacción.

¿Y por qué no es lo mismo cuando escuchas en los Santos Evangelios las expresiones de Dios? Porque todas son para ti, en ellas te muestra el inmenso amor que vive y siente por ti, lo hace por intermedio de su divino Hijo, por los profetas, los Santos Apóstoles y todos los santos, ese gozo debiera ser mucho y mucho mayor, porque es Dios quien te está diciendo: Hijo mío, te amo.

¿Por qué al escuchar que Dios nos ama, no nos conmueve? Nuestro amado Padre nos hacer saber que somos amados de Él, pero la frialdad calla el corazón que quiere exclamar con fuego: “Señor te amo”. ¿Por qué no comprender que su palabra es el amor que no se comprende? Triste nuestra realidad.

Para ubicarnos en el amor a Dios, veamos: los santos Evangelios son la palabra de Dios, que es verdadera, en ella nos dice cómo obrar porque su deseo es que por nuestro esfuerzo volvamos como hijos amados por Él ante Él, y lo despreciamos, en verdad somos ingratos.

¿Te conmueves al recibir una carta en que te manifiestan el amor que por ti sienten tus seres queridos? Hasta lloras; convéncete, los Santos Evangelios son la carta inmensa de amor que Dios entrega a cada alma que viene a este mundo, en ella siempre se va encontrar lo que se necesita para ser feliz.

No un momento, sino toda nuestra existencia terrenal, es la antesala del banquete celestial, encontramos el gozo, el aliento que viene del cielo de Dios Nuestro Padre, que nos está diciendo: Hijo mío no te distraigas en las cosas del mundo, cada vez que ahondas en mi palabra, te siento más cerca de mí, tu obrar es causa de un gozo que no tienes idea lo que me complace.

Y así es, al profundizar en su palabra, derramarás lágrimas de arrepentimiento, que para Dios Nuestro Señor son cada gota un gozo, porque dijo Jesús: “He recuperado mi oveja, la que andaba perdida”.

La generosidad de Dios Nuestro Señor es el bien que mueve la misericordia cuando conmovidas sus entrañas ve el dolor en las almas atribuladas.

Se conoce de Jesús, las muchas formas de lo que es su compasión y clemencia, ternura y bondad, que están prestas para hacer llegar a las almas afligidas y desoladas, porque el dolor le conmueve, las lágrimas lo enternecen, el dolor lo agita, así sucede cuando nuestra vida va por mal camino, y las penas nos llevan a crisis de enfermedad, de problemas, agobios, a caminos sin salida por todo lo que se hizo y no debió hacerse.

A Dios Nuestro Padre lo ponemos en sufrimiento al no querer poner nuestra alma en condiciones de recibir su ayuda; cuando el alma está en gracia de Dios, Él obra sin esperar a más, al arrepentimiento obra de igual manera, porque conoce la urgente necesidad espiritual y temporal. ¡Qué difícil es para que la humanidad comprenda el amor de Dios por su alma!

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Antonio Fernández.- ¿Qué encontramos en las palabras de la profecía davídica? No es otra cosa, sino la necesidad de aceptar con fe, la ternura que Dios, que Nuestro Señor entrega: aceptar que su deseo es vernos en esta vida motivados en su gozo, en su alegría, en el júbilo de la virtud de la oración, de la piedad, de aprovechar los bienes que vienen de su largueza divina.

Así se evitarán las preocupaciones, que por lo general tiene un punto de origen en el pecado cometido, sostenido y mantenido.

Cada quien se conoce y sabe que de un acto malo se derivan dolores, penas, pesares, amarguras, tristezas, disgustos e intranquilidades como sobresaltos.

Cuando las aguas tranquilas del alma están en ella, la providencia de Dios obra y se recibe cuanto se necesita espiritual y temporalmente, nos defiende de sus enemigos, y por encima de ello entrega el mayor de los bienes de este mundo: la paz.

Dijo Jesús; “Os dejo la paz, os doy la paz mía, no os doy Yo como la da el mundo, no se turbe vuestro corazón, ni se amedrente”. Entendamos, lo que en este mundo es difícil obrar, pero el que ama a Dios y al prójimo y vive según el Evangelio, la paz de su alma se refleja en sus actos, pero el que no ama o dice amar sin amar en la realidad, utiliza sus falsas palabras amorosas como una pose ante los demás que no conocen su intención, la que Dios ve en todo su detalle. Ese no puede, ni podrá cumplir el mandamiento de Cristo Nuestro Señor. Pobre infeliz, no conoce a Dios.

Continuando, nos refiere el gozo, dijo Jesús: “Os he dicho estas cosas, para que mi propio gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido”. Cuando tu esposa siendo novios, cuando tus padres, tus hermanos, tus abuelos o tíos, te dijeron en una ocasión movidos de ternura por tu edad, tus logros, tus actos y demás situaciones que originaron una expresión de cariño, te dijeron: Te quiero.

Sin duda que se agitó tu corazón, y más si te dieron un beso que te hizo sentir que su palabra es real. Te gozaste y animaste en extremo, pues bien, cuando el ser humano sabe que es amado, esa es su reacción.

¿Y por qué no es lo mismo cuando escuchas en los Santos Evangelios las expresiones de Dios? Porque todas son para ti, en ellas te muestra el inmenso amor que vive y siente por ti, lo hace por intermedio de su divino Hijo, por los profetas, los Santos Apóstoles y todos los santos, ese gozo debiera ser mucho y mucho mayor, porque es Dios quien te está diciendo: Hijo mío, te amo.

¿Por qué al escuchar que Dios nos ama, no nos conmueve? Nuestro amado Padre nos hacer saber que somos amados de Él, pero la frialdad calla el corazón que quiere exclamar con fuego: “Señor te amo”. ¿Por qué no comprender que su palabra es el amor que no se comprende? Triste nuestra realidad.

Para ubicarnos en el amor a Dios, veamos: los santos Evangelios son la palabra de Dios, que es verdadera, en ella nos dice cómo obrar porque su deseo es que por nuestro esfuerzo volvamos como hijos amados por Él ante Él, y lo despreciamos, en verdad somos ingratos.

¿Te conmueves al recibir una carta en que te manifiestan el amor que por ti sienten tus seres queridos? Hasta lloras; convéncete, los Santos Evangelios son la carta inmensa de amor que Dios entrega a cada alma que viene a este mundo, en ella siempre se va encontrar lo que se necesita para ser feliz.

No un momento, sino toda nuestra existencia terrenal, es la antesala del banquete celestial, encontramos el gozo, el aliento que viene del cielo de Dios Nuestro Padre, que nos está diciendo: Hijo mío no te distraigas en las cosas del mundo, cada vez que ahondas en mi palabra, te siento más cerca de mí, tu obrar es causa de un gozo que no tienes idea lo que me complace.

Y así es, al profundizar en su palabra, derramarás lágrimas de arrepentimiento, que para Dios Nuestro Señor son cada gota un gozo, porque dijo Jesús: “He recuperado mi oveja, la que andaba perdida”.

La generosidad de Dios Nuestro Señor es el bien que mueve la misericordia cuando conmovidas sus entrañas ve el dolor en las almas atribuladas.

Se conoce de Jesús, las muchas formas de lo que es su compasión y clemencia, ternura y bondad, que están prestas para hacer llegar a las almas afligidas y desoladas, porque el dolor le conmueve, las lágrimas lo enternecen, el dolor lo agita, así sucede cuando nuestra vida va por mal camino, y las penas nos llevan a crisis de enfermedad, de problemas, agobios, a caminos sin salida por todo lo que se hizo y no debió hacerse.

A Dios Nuestro Padre lo ponemos en sufrimiento al no querer poner nuestra alma en condiciones de recibir su ayuda; cuando el alma está en gracia de Dios, Él obra sin esperar a más, al arrepentimiento obra de igual manera, porque conoce la urgente necesidad espiritual y temporal. ¡Qué difícil es para que la humanidad comprenda el amor de Dios por su alma!

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Publicaciones Graficas Rafime S. de R. L. (JMB)