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Fe y confianza en la providencia divina

Antonio Fernández.- Expone a los siglos San Bernardo: “…Dios no mira lo que hacéis, sino con qué voluntad lo hacéis”. Refiriéndose nuestro Doctor de la Iglesia a la recta intención con que deben conducirse las almas.

Tener el convencimiento de que Dios tiene a su vista el interior de cada una, que conoce sus deseos y pretensiones del corazón; que conoce las necesidades espirituales y temporales.

Conoce la intención que induce a la razón distinguir lo verdadero de lo falso,  surge la intención de una pasión propia de la enseñanza del divino Maestro, dará frutos por las obras.

También puede la intención llevar a la ambición que responde al deseo ardiente de conseguir el poder que se ambiciona, al tiempo se reflejan las riquezas obtenidas por el celo de una fortuna mal obtenida.

Dios permite al que vive con pasión, la luz de la divina gracia que viene de Jesús su único Hijo; al enfangado en las tinieblas, dijo Cristo Nuestro Señor: “Si la luz que hay en ti es tiniebla, ¿Las tinieblas mismas cuán grandes serán?”

Del corazón nacen los impulsos del alma y el cuerpo, al ser tocada el alma por ese impulso, actúa para bien, pero en muchas ocasiones la rebeldía del cuerpo se retrae a ese impulso.

¿Puede más el alma que el cuerpo? Enseña Santo Tomás: “Los actos de las facultades intelectuales son operaciones producidas únicamente por el alma y que no puede producirlas el cuerpo; y así, el alma continúa viviendo y produciendo actos espirituales después de muerto el cuerpo”…

Dios Nuestro Señor ha dotado al ser humano de bienes, gracias y dones, siendo las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad.

Toda persona puede discernir lo bueno de lo malo, conocer y definir lo que no le pierde y lo que le pierde, siendo tendencia de la naturaleza humana ir a la caridad, puede ser compasivo, bondadoso y piadoso vivirá la tranquilidad del alma.

Pero cuando se esconde y guarda la inclinación ambiciosa, pérfida y perversa, esa persona está constantemente en una vida agitada y temerosa, su conciencia insiste y persiste en el reclamo a su mal proceder.

Pero por la gracia santificante, el alma habrá de crecer, con la frecuencia de sacramentos tendrá el fortalecimiento espiritual, llevando al cuerpo a cumplir lo que el corazón desea.

Cuando es todo lo contrario, es porque ese pecador carece de la gracia, y el alma por más esfuerzo que haga por apartar del pecado al cuerpo humano -obra perfecta creada por Dios-, posee de su parte el libre albedrío o la libertad de actuar para hacer el bien o el mal.

Pero si está escaso de bienes espirituales, despierta los deseos contrarios que saltan debido a su miseria, debilidad y flaqueza humana, satisfaciéndose en las cosas del mundo.

El alma maniatada recibe la ayuda de Dios para modificar la conducta del cuerpo, que no cesa de ser provocado y seducido con obstinada sagacidad para que a sí misma el alma se pierda, comprendiendo que por las propias fuerzas será imposible quitarse las cadenas de esclavitud del pecado.

Esta lucha no pasa desapercibida en ninguna persona, quien diga eso no es cierto, ¡Miente! en todo momento de la vida terrena se lucha.

Lo que ocurre en ellas y en toda persona, es la agresión sutil y veleidosa del demonio por dominar sus actos, a la vez, que presentar los bienes espirituales como una carga muy pesada, no deja que se abrigue en ellos.

Se convierte el alma en un combatiente atrincherado, que espera y sufre el asalto del enemigo, es cuando las potencias del alma luchan para alejar el alma del deseo de encontrar en el mundo la satisfacción.

Los destellos de la gracia se reviven en el alma caída, así el que iba perdido recapacita y corrige, porque Dios no lo abandona, lo asiste, va a su corazón y a los sentidos, como Padre amoroso penetra su alma y dirá; ¡Hijo mío, Detente!

Pero el maligno ahonda en la miseria humana, empecinado a no perder lo conquistado grita a imponerse: ¿Por qué te detienes? ¡Sigue, no te detengas!

Como en las corridas de toros, al lidiar el toro bravo, llega al momento donde el torero da la estocada en el corazón, los novilleros pasean sus capotes a que pierda noción de su realidad, no poder defenderse hasta que muere.

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