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EL DON PERFECTO DEL ESPÍRITU SANTO

Antonio Fernández.-  Jesús, conociendo la infidelidad de su pueblo y también la posteridad del género humano, no dudó en obedecer al deseo de su amado Padre y vino a salvar a todos del pecado, los mismos por los que vino, lo han y siguen humillando y abatiendo en el Monte Calvario, pero al instante de entregar su alma al Padre, en el Cielo fue ensalzado y glorificado. 

Creyendo sus enemigos que con la muerte de Jesús, todo quedaba terminado, no fue así, porque Jesús resucitó al tercer día como lo profetizó; Jesús triunfó sobre la muerte como lo dijo, pero sus enemigos y el pueblo judío no entendieron, menos pudieron comprender que su muerte fue su victoria total, su obra redentora consumada donde el demonio fue derrotado, el pecado vencido y la salvación obra de Dios a todas las almas. 

Pero las cosas no quedaron en su Resurrección, la obra de Jesús fue esplendorosa, porque lo que profetizó estando en el mundo, fue cumplido, al venir el Consolador, esto es, el Espíritu Santo. 

Los últimos domingos después de la Pasión, Crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, viene la alegría y el gozo de la Resurrección, que conmueve el Inmaculado Corazón de María su Madre, y en las santas mujeres estremecidas por su apasionado amor al Señor. 

Sus corazones inflamados de grande fe, reciben la gracia de conocer y saber, oír y ver a Jesús su Maestro resucitado, les lleva a vivir el refulgente momento de reconocer y escuchar a su Señor, quien se presenta a los discípulos en el Cenáculo. 

Su sola presencia vivifica y conforta su alma, mostrando su gozo y complacencia de volver a estar con ellos, y en ellos más, al estar ante su Señor reanima aún más su amor y su fe depositando su confianza en Él. 

Después de Pascua tanto la Iglesia como todo fiel cristiano bautizado, continúa cantando a perpetuidad la gloria de Cristo, pero aparece el escéptico melancólico que dirá: ¿Acaso no son muchos los días que dura esta celebración? ¿Dónde está la humildad de Jesús? 

Es bueno comprender: El canto de la gloria de Cristo, es el elogio que con justicia se merece, engrandece y exalta, se enaltece a Jesús su honra salvadora, se glorifica a Cristo triunfante, no es triunfo humano de unos días, su triunfo es para toda la eternidad; es el canto del triunfo del Hijo de Dios; es la victoria de Cristo sobre el demonio, el diablo o satanás, que para el caso es el mismo mal. 

Es también el canto eterno y perpetuo de Cristo, la salvación de las almas; es el canto que recupera las ovejas perdidas; canto que el Hijo de Dios nos ha concedido en el sacrificio de la Cruz, que infunde, inspira y apasiona conforme se acerca la hora de la Ascensión del Señor a los cielos. 

Avanzamos dentro de los cuarenta días, que van entre la Resurrección de Jesús y su Ascensión a los cielos. 

En este intervalo de días, Jesús se da a la tarea de entregar los cimientos para la creación de la Santa Iglesia para que sea perdurable a través de los siglos, y da los pasos para el nacimiento que había anunciado a los discípulos al entregar la investidura a Pedro cuando dijo: “Y Yo os digo que: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”… 

Y sin dejar de dirigirse a Pedro continuó: “A ti te daré las llaves del reino de los Cielos; lo que atares sobre la tierra, estará atado en los Cielos, lo que desatares sobre la tierra, estará desatado en los cielos”… 

Jesús confiere el primer fundamento de la Iglesia, donde el poder del infierno no la podrá destruir, el demonio tendrá triunfos fingidos y falsos, todos ellos aparentes, mas luego será vencido. 

El divino Maestro ha entregado a los Apóstoles el poder de decisión en los asuntos de la Iglesia que irán dando forma y creación, pero su obra está inspirada por el guía que conduce las ovejas del mundo al redil de la Iglesia. 

Por los Santos Evangelios conocemos cómo Jesús va consolidado, preparando y enseñando a sus Apóstoles y discípulos lo necesario para que su palabra y obra se perpetúe. 

Jesús conduce su rebaño, al que anuncia su partida en definitiva, explica que su obra en el mundo ha terminado, pero vendrá en su lugar el Paráclito, el Consolador, esto es el Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, de Él recibirán lo que ha escuchado y dará a conocer lo que no sea comprendido por ellos, Él ordenará la oración que por intermedio de Jesús va al Padre. 

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