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Alejandro Cortéz.-  Hace algún tiempo en la Ciudad de México, descubrí a una chica recién atropellada. Lo primero que me vino a la cabeza fue: que alguien llame una ambulancia y a un sacerdote… Y ¡tate!, caí en la cuenta que el sacerdote era yo, con lo cual ya solo faltaba la ambulancia. Por mi parte, ni tardo ni perezoso me apeé (Nota: el verbo “apearse” se suele usar para designar la acción de bajarse de un caballo, pero en aquel momento yo no tenía un caballo a la mano, por lo que no tuve más remedio que apearme de mi Chevy). 

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